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Mientras yo disfrutaba mis vacaciones en Espa a por Semana Santa atravesando el pa s para dejar las donaciones sobre el cami n, Jenny aprovech las suyas para ir a Kingou . Amici del Congo tiene una pick up similar a la m a con la que llevan lo que van reuniendo en Pointe Noire. Pero esta vez algo hab a cambiado. Los transportes que hab amos hecho Nano y yo entre Enero y Marzo hab an llenado la casa de Maria de donaciones. Por qu la casa de Maria? Buena pregunta: mi apartamento es muy peque o, y el de Jenny s lo un poco m s grande, as que la buena de Maria nos dejaba su casa para que se la llenemos de trastos. Por fin, llegado el domingo de Ramos, ante el inminente de viaje de Jenny a Kingou y el m o a Espa a, nos dispusimos a vaciarle la casa.

Ya conoc is el Grand March , un enorme mercado donde no es dif cil encontrar carteristas, pero es un para so comparado con el Mercado de Fond Ti Ti , de lejos el lugar m s concurrido, peligroso, maloliente y transitado de Pointe Noire. Adem s, las ltimas lluvias hab an abierto aut nticos cr teres en las calles que s lo permiten el paso a veh culos 4×4. Pues bien, aqu , en este lugar tan agradable, se encuentra el “centro de Mercanc as”, que nos es m s que un callej n lleno de barro donde van aparcando viejos camiones y ofreciendo sus servicios a viva voz. Jenny y yo est bamos acompa ados del peque o Louange y de un congol s amigo de ella, adem s de los ocho sacos que hab amos retirado de casa de Mar a y que sumaban m s de 250 kilos. Despu s de una hora larga de camino (para recorrer unos 15 kil metros), llegamos al enjambre de vida que es el Mercado de Fond Ti Ti . Cuando terminamos de sortear todos los cr teres (en algunos se podr a enterrar un coche como el m o) y a los grupos de vendedores de absolutamente todo, llegamos al apartado callej n donde estacionan los vetustos camiones que ofrecen sus servicios. Encontramos un cami n que partir a, si consegu a la carga suficiente, el d a siguiente, pasando por Kingou , as que all se fue Jenny a negociar precio.

Lunes Santo, y Jenny que parte con Louange y Don Ghislain, el cura de Kingou que tanto soporte da a Amici del Congo (de hecho fue el fundador de esta asociaci n), bien temprano en la ma ana. Tiene la agenda llena de cosas por hacer. Adem s de seguir el final de la construcci n de la Casa del Cuore de Kingou y de repartir todo lo que le hab a llegado desde navidades (adem s de nuestras donaciones, un contenedor que les lleg en Enero desde Italia), como por primera vez ten an el coche operativo, se hab an planteado visitar todas las aldeas que pudieran en la regi n de Kingou , pues hasta la fecha, a falta de transporte, hab an centrado sus esfuerzos en Kingou Center, de unos 2.000 habitantes.

La idea inicial de Jenny y de Don Ghislain era visitar todos los poblados, en los diez d as de que dispon a Jenny, para llevarles la ayuda que pudieran a cada uno y conocer de primera mano la necesidad de todos, pero la realidad fue muy distinta. Aunque algunos poblados est n a s lo 15 kil metros de distancia de su base operativa, se tardaba m s de una hora en atravesar esos caminos. Y hay aldeas a n m s alejadas, hasta a 50 kil metros de Kingou Centre. As que se centraron en el poblado principal y visitaron s lo unos pocos poblados m s. Y de todos hay historias bonitas que contar.

Hab an pensado en aprovechar la Casa del Cuore, que ya tiene paredes, ventanas, techo y suelo para hacer el reparto de la ropa, zapatos y s banas a los habitantes del pueblo, d ndoles a elegir a cada uno de los habitantes que se acercase hasta el lugar tres prendas entre todas las que hab an dispuesto en el sal n principal. Ni en sus peores pesadillas pensaron que esa tarea se iba a alargar 3 d as completos, necesitando, adem s, la ayuda de los servicios sociales del lugar, voluntarios, gendarmes, etc, ante la avalancha de personas. La primera sorpresa fue que el objeto m s codiciado eran las s banas, algo que no hab amos previsto y que, por lo tanto, no abundaba. Se agotaron enseguida, y los afortunados que las consiguieron las portaban orgullosos mostr ndoselas al resto de convecinos. As que, conocida la necesidad, lanzamos una campa a por las redes para recolectar s banas, grandes o chicas, nuevas o usadas, que poco a poco est dando sus frutos.

El siguiente problema que se le plante a Jenny fue c mo repartir las medicinas que hab amos tra do desde Espa a gracias a una cadena de grandes amigos, como Luis, Ana, Antonio. El primer problema era que nunca hab an visto algunas de las medicinas que hab amos llevado, y como los que trabajan en los centros m dicos no son doctores, ni tan siquiera enfermeros, no sab an c mo administrarlos. Por si fuera poco, apenas hablan el franc s, as que como para leerse el prospecto en espa ol. As que le toc a Jenny traducir los prospectos, del espa ol que desconoce, al franc s que tampoco domina muy bien, ni ella, ni los enfermeros.

Esos primeros 20 kilos de medicinas se repartieron entre el centro m dico de Kingou Center y el de Matsiti, de lejos el poblado m s pobre del lugar. No tienen ni agua. Y no hablemos ya del centro m dico. Una triste caba a de madera, con un camastro que no es m s que un somier, una cama de parto que m s bien parece un potro de tortura ( Cre is que exagero?, buscad las fotos en la p gina de Facebook) y un dispensario que s lo conten a un par de botellas de suero fisiol gico. La cara del enfermero cuando vio todo lo que Jenny le entreg lo dec a todo.

Tambi n hab amos entregado a Jenny una primera partida de batidos proteicos que mi suegro y compa ero de fatigas no pudo disfrutar por irse demasiado pronto, y ella se los dio a Japh , un chico encantador y muy delgado que le sigui cada d a, ayud ndole en lo que pod a. Japh es hu rfano, pero no porque sus padres hayan muerto, lo cual ser a muy triste, sino por algo aun peor. Su padre no lo reconoci al nacer, y la madre prefiri abandonarlo cuando su actual pareja le dio a elegir entre vivir con l o con su hijo. As que Japh pas a vivir con sus t os, padres ya de 5 ni os. Cuando falta comida en esa casa, Adivin is qui n es el ni o que se queda sin comer? Pues por este motivo sufre una grave desnutrici n. Bueno, sufr a, porque desde que se ha aficionado a los batidos proteicos tiene mejor cara y m s carne . Con el cami n gallego llegaron unos 30 kilos m s de este producto, que les vendr n muy bien a muchos chiquillos que sufren tambi n desnutrici n.

Por su parte, los potitos que hab amos logrado llevar hasta el momento, unos 30, se distribuyeron entre dos j venes madres, Biliard y Rosine. La primera, muy pobre, no ten a con que alimentar a su peque a Belvina (no me estoy inventando los nombre, lo juro), pero el caso de Rosine era extremo. En enero dio a luz a su cuarto hijo (aunque s lo los dos ltimos viven con ella) en el centro m dico de Kingou , y desde entonces hab a estado viviendo all , en el centro m dico, con los alimentos que le acercaba el enfermero, el Don Ghislain, o alg n otro convecino, ante la imposibilidad de pagarse por s misma el alimento, y no digamos ya un alojamiento. Hicimos una colecta entre los espa oles, y no tan espa oles, de Pointe Noire para darle a Jenny algo de dinero con el que cuidar de ella. Aprovechando la visita, Jenny le busc una peque a caba a en alquiler para que al menos pudiera vivir fuera del centro m dico. La soluci n para Rosine lleg de rebote, gracias al peque o Jean Dorel, otro habiante de Kingou de tan solo 6 a os, pero eso os lo contar en otro cap tulo.

Otro personaje que Jenny visit durante su estancia en Abril de 2015 fue a Julie, una mujer mayor, enferma de polio (por lo que no puede andar), que se pasa la vida delante de una vieja m quina de coser manual, haciendo unos bolsos, delantales y trajes muy bellos, y que hemos pensado en vender en la ciudad o en nuestros pa ses para poder darle un poco de dinero a la se ora. Como tiene una caba a muy peque ita y muy oscura (no, no tiene ventanas ni electricidad), Julie sale muy tempranito de su choza y se instala bajo un ca izo, donde se pasa el d a cosiendo en la vieja m quina.

Pero, sin duda, el premio a la mujer m s valiente y decidida de la regi n de Kingou es para Mama Niangui, una anciana de 70 a os que habita en un pueblo llamada Mouyondzi, el m s grande de la zona. A esta buena se ora le dio un d a por tomar a su cargo los numerosos hu rfanos de la regi n, y en la actualidad cuida de 300. No, no es un error. 300, trescientos, CCC. Un tres seguido de dos ceros. No es asombroso? Lo cierto es que la gran mayor a no son hu rfanos, sino hijos de madres solteras, que los dejan con Mama Niangui por la ma ana para poder trabajar. Pero, eso s , hay al menos 30 hu rfanos que viven con ella a pensi n completa .

Hay tantas historias que contar de esta visita que necesitar a un libro entero para hacerlo, as que voy a terminar habl ndoos de papa Nkodia, un anciano completamente ciego que vive solo y que tambi n recibi ayuda por parte de este ngel que se llama Jenny. Y de la aldea de Mounkomo, tan pobre que ni tan siquiera tiene centro m dico y un vecino se encarga, con los medios de que dispone, de la salud de sus convecinos, ahora algo mejor con algunos medicamentos que pudimos darle. Y de un chico parapl jico de unos 10 a os y cuyo nombre no ha trascendido, al que ayudamos como pudimos, don ndole un carrito de beb , con el que los padres tienen, al menos, un respiro, y l, un poco de independencia.

Las obras de la Casa del Cuore, un centro que se est construyendo en Kingou Center para albergar, adem s de las dependencias de la asociaci n (las estancias donde duermen los voluntarios italianos que vienen en verano y donde guardan las cosas y se re nen), una guarder a para facilitar a las madres que puedan trabajar, una escuela primaria para que los chicos reciban una mejor educaci n, una escuela de adultos y un centro de acogida, para casos extremos como los de Rosine o Louange, y que se est costeando con las donaciones de los donantes italianos de Amici del Congo y de subvenciones de la Conferencia Episcopal Italiana, pero tambi n con la venta de camisetas ( que tambi n tenemos en Espa a!), prosiguen su marcha y ese mismo a o se termin el edificio principal. Con el dinero que han podido ahorrar del presupuesto inicial, han podido construir un establo para criar cabras y gallinas, as como un restaurante (con discoteca y todo) con cuyos beneficios seguir n apoyando la acci n solidaria que llevan a cabo all . Ya est n operativos los ba os, que tienen los primeros lavabos de la historia en toda la regi n.

Despu s de dos semanas de duro trabajo, Jenny, Louange y Don Ghislain regresaron a Pointe Noire, donde tuve el placer de conocer a esta excelente persona. Este congol s de unos 30 a os, adem s de ser solidario, tiene mucho sentido del humor y ya desde el primer momento nos llam bamos hermanos (porque los dos llev bamos la misma camiseta de Amici del Congo). En esa cena se hablaron de muchos proyectos, muchos de los cuales salieron adelante, pero eso os lo ir contando en los siguientes cap tulos.

Adem s de Javi y Sarai, Jaime, Nano y yo, nos acompa ar an Camil, Silvia y Alfredo. Silvia y Alfredo llevaban unos 4 5 meses tan s lo en Pointe Noire, pero como a los pobres ya les ha pasado de todo (robos, polic as, etc) se han ganado un poco fama de mal fario. Tanto que el desayuno bromeamos con ellos con frases tipo cuando os pare la polic a, os esperamos . Curioso, porque nos pararon a todos, menos a ellos. Eso nos pasa por bocazas. Aunque, bueno, conociendo a Javi, seguramente el polic a que le par a l terminar a d ndole dinero a Javi (en vez de lo habitual), s lo con tal de que se fueran, y yo por mi parte hace tiempo que me niego a fomentar ese tipo de actividad, as que no me sacaron un franco.

Aparcamos escondiendo un poco los tres coches y nos pusimos ropajes m s adecuados para la ruta a pie que ten amos por delante. Aunque en realidad no hab a ropas adecuadas para esta ruta: si usas zapato deportivo, te los empapar s en barro. Si usas chanclas de playa (como hice yo) te clavar s las estalactitas de sal. Si llevas manga corta, te quemas y te ara as. Si llevas manga larga, te mueres de calor. Cada uno se prepar como quiso, aunque a nuestra vuelta bamos todos iguales: de marr n de pies a cabeza.

Descendimos al r o de barro seco desde la carretera y comenzamos a andar sobre l. Javi y Sarai se guardaron bien de no avisarnos de lo que iba a pasar unos minutos despu s, porque son as de graciosillos. Y lo que pas un poco despu s es que el r o de barro seco intent engullir a nuestro Mes as. Nano, debido a su barba y su desordenada cabellera, ha visto cambiar su nombre en El Congo, totalmente contra su voluntad, a El Mes as, aunque poco despu s recibi (con desagrado) su definitivo apodo congol s.

Efectivamente, est bamos andando sobre arenas movedizas, o algo que se le parec a much simo. Para m , y para casi todos, era la primera vez, y la sensaci n era rar sima. Si caminabas con cierta ligereza, sin tener los pies apoyados en el mismo sitio demasiados microsegundos, la superficie soportaba tu peso y no te enterabas. Pero si te parabas, o incluso si ralentizabas el paso, el suelo ced a e intentaba descalzarte y engullirte. Por suerte no eran muy profundas. En el peor de los casos un metro. As que m s que peligrosas eran divertidas. No era f cil hacerse da o, a no ser que estuvieras cerca de Javi, claro, como me pas a m , pero eso lo contar despu s.

Seg n nos explic Alfredo, que adem s de ser un buen tipo es un gran ge logo, las vetas de potasa son raras y muy finas. Adem s, suelen estar sobre otra capa de sal s dica (sal com n, vaya), menos rentable para su extracci n. As que cuando la compa a minera termin de extraer toda la potasa que encontr , abandon aquella fabulosa monta a de sal. Algunos habitantes de la zona se aprovechan de esta monta a para recoger toda la sal que pueden cargar por ellos mismos (vimos a una familia, al completo, cargaditos de sal), para d rselo a los cerdos. Por lo visto, esta sal tiene la propiedad de tranquilizar a las fieras y de abrirles el apetito para que engorden m s y mejor.

Tras media horita de ascenso constante llegamos a la cima de la monta a. Desde all se distingu a claramente como la mano del hombre hab a horadado en este valle ese agujero inmenso para llegar hasta la veta de potasa. Un agujero que s lo ten a una salida: el arroyo de aguas movedizas por el que hab amos venido. Por lo dem s, estaba rodeado de altos precipicios de tierra naranja coronados por tupidos paisajes selv ticos. Una vista espectacular. Un aut ntico para so, si no fuera por el calor. Y si no fuera por la dificultad para encontrar un sitio para sentarte en la dichosa monta ita de pinchos. Nos acercamos a uno de los cortados de tierra naranja y all , en una min scula lengua de tierra de un metro por cuatro, nos sentamos los ocho para compartir nuestra comida, nuestra bebida, la sombra de un arbusto y aquel bello momento.

La bajada parec a m s sencilla, pero no sabr a decir si porque era cuesta abajo o porque hab amos finiquitado la cerveza fresquita que llev bamos. Era demasiado f cil. As que Jaime y yo decidimos darle m s emoci n y, en vez de descender por la cara de la monta a que hab amos ascendido, decidimos hacerlo por un terrapl n de barro que hab a en un lateral. Fue divertido, pues parec a que fu ramos esquiando sobre barro (la pared ten a una considerable inclinaci n, tanto que hubiera resultado imposible ascender por esa cara), pero tambi n doloroso, pues ni Jaime ni yo hemos destacado nunca en el esqu sobre barro ( existe ese deporte?) y m s de una vez chocamos con piedras, travesa os de madera, rboles ca dos, etc.

Al final de ese descenso nos encontramos en el nacimiento mismo del arroyo seco donde campaban a sus anchas las arenas movedizas, y nos dispusimos a seguirlo hasta reunirnos con el resto del grupo. En este extra o lugar hay piedras de lo m s singular, como sal gema, mineral de hierro, una piedra parecida al granito pero a n m s antigua (lo siento Alfredo, no me llev nada para tomar notas) y una especie de roca hecha de barro morado, mon sima de la muerte . Por supuesto, me cargu con todo lo que me cab a en la mochila y en las manos. Craso error .

En alg n momento me separ de Jaime y decid acelerar el paso para evitar ser engullido por las arenas movedizas. Tanto aceler que resbal y me ca de culo. Nada grave, el barro est blandito (y mi culo m s aun), pero llevaba una roca de sal gema en la mano derecha, la misma que us para apoyarme en el suelo. Cada una de las puntas que coronaban la piedrecita en cuesti n se me clavaron en la mano. Adem s, una piedra de sal, os imagin is como puede picar eso? Por suerte, aprend de un amigo malague o a levantarme antes de tocar el suelo para que nadie se d cuenta de mi torpeza, as que la ca da qued entre yo, la santa piedra de sal, y el resbaladizo barro.

De vuelta a la base de la monta a tras seguir el curso del arroyo en solitario, me reun con el resto del grupo, menos Jaime, que lleg tras de m al poco rato. Se ve que la cervecita nos hab a sentado bien, el sol nos hab a achicharrado las neuronas, o simplemente que somos un poco tontos, porque en el camino de regreso sobre el rio de barro fuimos buscando los pozos m s peligrosos de arenas movedizas para meternos en ellos, intentar levitar sobre las aguas, pasarlas a la carrera, etc. Yo quer a regresar m s o menos limpio, as que me met en una charquita de agua hirviendo y me lav los pies hasta que volv a verme las u as, y las manos para valorar los da os de la ca da. Nada grave, sobrevivir a. El resto, en especial Javi y Sarai, se empe aron en no regresar tan limpios, y comenzaron a andar sobre las aguas, como hac a el Mes as. Pero no el Mes as congol s (Nano), sino el de verdad.

Sin casi agua para beber llegamos exhaustos a los coches, que segu an donde los hab amos dejado (siempre me da un poco de miedo dejarlos abandonados en mitad de la selva). Quitarnos todo ese barro con la poca agua que ten amos para beber no nos pareci una buena idea, as que nos cambiamos de ropa sin poder quitarnos el barro de brazos, piernas, cara, pelo, etc. Un desastre. Con el sofocante calor el barro empezaba a secarse y a agrietarse, transmiti ndonos una sensaci n muy inc moda. Ten amos que buscar un sitio donde lavarnos, y como est bamos en mitad de la selva, D nde mejor para ir a lavarse que la playa frente a la Brasserie de la Mer, en plena ciudad? As que all nos dirigimos los ocho, llenos de barro de arriba abajo, de vuelta a la ciudad. Por supuesto, no nos par ning n polic a (les asustar amos, digo yo) y curiosamente s lo 4 llegamos hasta la playa (los tres malague os y Silvia). Los dem s se despidieron a la francesa y se fueron a casa a lamerse las heridas.

A principios de febrero de 2015, desde la Iniciativa M laga por El Congo ya hab amos decidido dar por finalizada nuestra labor con Caritas Congo y con el Orfelinato de Mvou Mvou para centrarnos en nuestra cooperaci n con los Amici del Congo, as que, siguiendo las indicaciones de esta ONG italiana, lanzamos una campa a a trav s de las redes sociales solicitando desde semillas de verduras hasta juguetes, comida o medicinas; y la respuesta fue, como siempre, espectacular. A las ya habituales colaboraciones de personas como Maria Garabito, M Jose Mateo, Carolina Ortiz o Reme P rez, se unieron dos nuevas Anas, que parece ser el nombre protagonista de estas historias.

La primera Ana, Anita Buitr n, es una estupenda fot grafa afincada en Torremolinos, pero con un trozo de coraz n en frica. Desde siempre hab a anhelado visitar este

continente para ayudar a los m s necesitados, y finalmente, hace un a o, durante casi dos semanitas y pagando todo de su bolsillo, lleg a Gambia, un peque o pa s rodeado por Senegal. La sonrisa de frica (si veis un mapa del frica occidental entender is por qu le llaman as a este pa s). Se llev consigo todo un repertorio de disfraces hechos por ella misma y que reparti entre los c
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